diumenge, 1 de desembre de 2013

Por que la procrastinación no necesita cura e incluso puede hacerte más productivo Resum fet per Anna Molas (factorhuma.org)

Siempre se nos ha enseñado que procrastinar es algo malo y que debe corregirse. Ya lo dice el refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Sin embargo, según la revista Fast Company, parece ser que correctamente reformulado este impulso natural de dejar lo complicado para más tarde puede ayudarnos a ser más productivos.
Recientemente leí un libro estupendo y prometí enviárselo a un amigo en el extranjero, hace unos nueve meses. Hoy finalmente me pasé por la oficina de correos y se lo mandé porque la alternativa era trabajar en este artículo. Eso es la procrastinación clásica del trabajo.
Si tú también te has encontrado en la misma situación, puede que hayas explorado “curas” para la procrastinación o trucos para mejorar tu productividad. Lo admito, he pasado muchas horas procrastinando mediante la exploración de esos mismos remedios. E incluso hemos escrito un montón de artículos sobre el tema en Fast Company.

De un modo u otro, lo irónico de perder tiempo leyendo sobre cómo no perder tiempo nunca es suficiente para hacerme poner a trabajar. 

Lo interesante de la procrastinación es que generalmente la equiparamos a “ser perezoso” o a “perder tiempo”, y eso está visto como una característica muy negativa que tiene que arreglarse o ser evitada. Un artículo del New Yorker explicaba lo perjudicial psicológicamente que puede ser la procrastinación. 

Font: F.O.C.
Un estudio sobre el mismo tema mostró que el 65% de los estudiantes encuestados creían que la procrastinación les haría infelices y querían evitarla. Puede ser, sin embargo, que la procrastinación nos sea de ayuda para hacer más cosas o, al menos, más de las cosas importantes. Echemos un vistazo a cómo funciona la procrastinación realmente, y por qué puede que no sea tan mala después de todo. 

Por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy

La ciencia de la procrastinación muestra que ésta proviene de dos fuerzas que luchan entre sí en nuestro cerebro. Una es el sistema límbico, que es la “zona inconsciente que incluye el centro del placer”. La otra es el córtex prefrontal, a menudo conocido como el “organizador interno”. Así que el sistema límbico lucha por los placeres a corto plazo, es decir, lo que queremos ahora mismo, mientras que el córtex prefrontal lucha por lo que es mejor para nosotros a largo plazo. 

El córtex prefrontal es la porción de nuestro cerebro que realmente nos separa de los animales, que están controlados solamente por los estímulos. Por desgracia, no hay nada automático en esta área más nueva y débil en nuestros cerebros. A diferencia del sistema límbico, necesitamos realmente darle un impulso consciente para poner el córtex en marcha y conseguir que se hagan las cosas.

El sistema límbico, por otro lado, tomará el mando tan pronto como no ejerzamos un esfuerzo consciente en una tarea y nos hará sucumbir a lo que nos hace sentir bien, por ejemplo, procrastinar.

El emprendedor e inversor Paul Graham ha visto a muchos procrastinadores a lo largo de su carrera. Él afirma que la gente más sorprendente que conoce es “terriblemente procrastinadora”. Paul tiene un par de teorías sobre por qué aplazamos el trabajo. Una se centra en la desconexión entre trabajar en proyectos y las recompensas que recibimos por terminarlos. La segunda apunta al miedo que nos entra cuando tenemos que trabajar en proyectos muy importantes. 

Seguramente te ha pasado alguna vez. Es lo que pasa cuando queremos asumir un proyecto ambicioso y de pronto encontramos todo tipo de obstáculos inevitables en el camino. Cuando llevar a cabo las pequeñas tareas nos lleva tanto tiempo que no podemos ni empezar nuestro gran proyecto, significa que el miedo nos está reteniendo y nuestro sistema límbico está tomando el control, ya que nos está protegiendo del desagradable miedo y, como consecuencia, nos conduce hacia un entorno más familiar de pequeñas tareas sin sentido. 

James Surowiecki explicaba en el New Yorker que muchos procrastinadores autogeneran factores discapacitantes: “En vez de arriesgarse a fracasar, prefieren crear condiciones que hagan que el éxito sea imposible, un acto reflejo que por supuesto crea un circulo vicioso”. 

Por qué la procrastinación no necesita cura

Es verdad que muchos de nosotros vemos la procrastinación como algo malo, y no es difícil encontrar artículos o libros que nos dicen cómo curar o superar dicho defecto. Pero tal y como Paul Graham afirma, es imposible curar la procrastinación, así que hay que aprender a hacerla bien. 

Paul divide la procrastinación en tres variantes, dependiendo de lo que haces en vez de llevar a cabo tu trabajo: 
1. No haces nada. 
2. Haces algo menos importante. 
3. Haces algo más importante. 

Es fácil ver que el tercer tipo de procrastinación puede sernos beneficiosa. En vez de hacer pequeños recados, enviar e-mails o hacer tareas domésticas, podríamos estar centrados en nuestro trabajo más importante. 

Por otro lado, el tipo 2 de procrastinación puede llevarnos a producir un mejor trabajo cuando finalmente nos decidimos a retomarlo. Muchos procrastinadores son perfeccionistas que sueñan con hacer un trabajo perfecto con aquellas tareas más importantes, y retrasarlas puede ser beneficioso. Otro beneficio del tipo 2 que algunas veces sale a relucir es que tenemos tareas pendientes de hacer que no son realmente importantes. Retrasándolas, al final acaban por desaparecer, y así nos ahorramos llevar a cabo un trabajo que en realidad no era tan necesario. 

La buena procrastinación

Así que si queremos transformar la procrastinación en un rasgo positivo, existen un par de teorías sobre cómo hacerlo. La primera es la idea de Paul Graham del tercer tipo de procrastinación, o la “buena” procrastinación. 

Cuando aplazamos tareas que no son importantes, por ejemplo hacer recados o trabajo de poco valor, para poder pasar más tiempo trabajando en lo importante. Si hubiera trabajado en este artículo en vez de ir a la oficina de correos, por ejemplo. 

Los recados y pequeñas gestiones son un tipo particular de distracción contra la que Paul cree que hay que luchar: “Hay más cosas por hacer de las que nadie es capaz de llevar a cabo. Así que alguien que lleva a cabo el mejor trabajo que puede va a dejar, inevitablemente, muchos recados sin hacer. Parece pues un error sentirse mal por ello”. 

Hay una razón importante por la cual es útil aplazar el trabajo de poco valor para conseguir realizar grandes proyectos. Nuestros proyectos importantes a menudo requieren dos cosas que los recados y el trabajo de poco valor añadido no requieren: mucho tiempo y estar de humor para hacerlo. Cuando estamos inspirados en trabajar en algo importante, sería un error echar a perder esa inspiración haciendo tareas sin importancia solo porque creemos que es nuestro deber. Canalizar la energía hacia nuestros grandes proyectos cuando queremos puede significar que no estaremos al día con las tareas domésticas u otras tareas menores, pero tal vez Paul tiene razón en que eso, en realidad, es algo bueno.

La Procrastinación Estructurada

La otra cara de la moneda de la “procrastinación positiva” es la teoría de la Procrastinación Estructurada, que John Perry defiende como la mejor manera de canalizar de forma natural las tendencias hacia la procrastinación en la productividad. Como explica, la Procrastinación Estructurada es: “Una estrategia fantástica que he descubierto que convierte a los procrastinadores en seres humanos efectivos, respetados y admirados por todo lo que pueden lograr y el buen uso que hacen del tiempo.”

La procrastinación estructurada es esencialmente del tipo 2 de la clasificación de Graham, aunque aquí el arte de engañarnos a nosotros mismos sobre la importancia de nuestras tareas también entra en juego. La idea es que mientras “pensamos” que estamos trabajando en tareas menos importantes para evitar los grandes proyectos que deberíamos estar realizando, en realidad estamos engañándonos a nosotros mismos y trabajamos en nuestros proyectos más importantes.

La técnica se basa en el hecho de que generalmente hacemos nuestra lista de tareas pendientes por orden de importancia. Las tareas más urgentes o importantes están en la parte de arriba, a pesar de que también anotaremos muchas otras tareas importantes. Los procrastinadores naturales a menudo evitarán colocar esas tareas más importantes y difíciles en lo alto de la lista en favor de otras más sencillas y pequeñas. De ese modo, el segundo tipo de procrastinadores pueden hacer muchas cosas, siempre y cuando les ayude a evitar los grandes proyectos que creen que deberían estar haciendo. 

En 1930, Robert Benchley escribió esta cita tan apropiada: “El principio psicológico es el siguiente: cualquiera puede hacer cualquier cantidad de trabajo, siempre y cuando no sea el trabajo que se supone que tiene que hacer en ese momento”. 

Lo que convierte a esta estrategia en productiva, sin embargo, es cuando la giramos a nuestro favor. Añadiendo tareas a nuestra lista que parezcan urgentes o importantes pero que en realidad no lo son, podremos engañarnos a nosotros mismos y conseguir hacer las cosas que realmente tenemos que hacer, porque pensaremos que estamos procrastinando en tareas importantes.


Cómo hacer que la procrastinación te sirva

Si tiendes a una procrastinación crónica, aquí tienes algunas estrategias para sacarle partido:

Empezar por lo pequeño
Paul Graham hace un buen apunte cuando dice que trabajar en nuestros proyectos más importantes puede resultar tan estremecedor y estresante que a veces tenemos que armarnos de valor para afrontarlo. Él propone trabajar en pequeñas tareas que pueden convertirse en grandes proyectos, o empezar por lo pequeño y reunir valor para después pasar a tareas más grandes. También podemos colaborar con más gente, de modo que nuestra parte sea más pequeña que el proyecto entero, pero así seguiremos formando parte del trabajo importante.

Ajustar tu lista de cosas por hacer
Usa la estrategia de Procrastinación Estructurada de John Perry, tratando de añadir tareas en lo más alto de tu lista que parezcan tener plazos urgentes o ser muy importantes, pero que de hecho puedan ser pospuestas sin riesgo o simplemente no hacerse. El truco consiste en conseguir que tú mismo te creas que esas tareas son importantes y difíciles, de modo que harás otras tareas de tu lista para evitarlas. 

Marcar límites 
El novelista y guionista Raymond Chandler entendió su propia tendencia hacia la procrastinación y usó fronteras para ayudarse a sí mismo a trabajar mejor. Solía forzarse a escribir asegurándose que seguía siempre dos normas básicas: 
1. No tienes por qué escribir 
2. No puedes hacer nada más. 

Así pues, para evitar el tedio de sentarse sin hacer nada durante cuatro horas al día, se convirtió en un escritor muy productivo. Explicaba como su teoría también se puede aplicar a los niños en las escuelas: “Si haces que tus alumnos se comporten, aprenderán algo solamente para evitar aburrirse.”

Aumentar tus compromisos
Según John Perry, los procrastinadores a menudo tratan de reducir sus compromisos porque creen que con menos cosas por hacer conseguirán hacer más. John explicó, sin embargo, que esto elimina la fuente de motivación más importante de los procrastinadores, ya que elimina la posibilidad de elección entre cosas importantes y no importantes. Si tienes pocas cosas en tu lista, solamente puedes procrastinar haciendo nada. 

Así que la lección de toda esta investigación parece ser que procrastinar no es algo fuera de lo común ni algo necesariamente malo. Si aprendemos a gestionar nuestra tendencia a procrastinar, podemos conseguir ser más productivos.


* Cooper, Belle Beth. “Why procrastination doesn’t need a cure and might even make you more productive”.

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